Así es la vida en las zonas rurales de Afganistán tras la toma del poder por los talibanes

En el segundo piso de un centro administrativo de distrito saqueado, Qari Assad, el jefe de la policía talibana recién nombrado, se encuentr...

En el segundo piso de un centro administrativo de distrito saqueado, Qari Assad, el jefe de la policía talibana recién nombrado, se encuentra sentado en una silla desvencijada. Descansan sobre su escritorio un fusil kalashnikov todavía más viejo y una bandera talibana provisional con el texto de “Kalima Shahada”, el juramento islámico, escrito a mano en la parte central.

Un jueves reciente, Assad, de barba negra y turbante, acababa de empezar a beber su segundo vaso de té verde cuando llegaron dos hermanos del vecino distrito de Sayedabad con una queja.

“El hombre que se casó con mi hija no nos dijo que ya tenía una esposa”, afirmó Talab Din acariciando con los dedos su barba encanecida. “Mi hija me dijo que lo dejara así, que era feliz con él. Pero ahora la ha golpeado y la ha apuñalado en la pierna. ¡Hemos venido aquí para arreglar este conflicto!”. Debido a que ha interactuado con los talibanes con anterioridad, no mostraba ningún temor del nuevo jefe de la policía.

Mucho antes de que tomaran el control por completo, los talibanes ya estaban gobernando e impartiendo justicia expedita en muchas regiones, casi siempre a través de su propio sistema judicial. Chaki Wardak, junto con muchas zonas rurales de Afganistán, ha estado bajo su control fáctico durante dos años


No obstante, la pregunta sigue siendo si el movimiento que ha reprimido de manera salvaje las manifestaciones contra su régimen en las zonas urbanas puede convertirse en una estructura de gobierno sólida con la suficiente rapidez como para enfrentar los problemas que subyacen a la creciente crisis humanitaria del país.


Fuera del edificio del gobierno local, Fazl Ur-Rahman, de 55 años, ajustaba la carga de su pequeño camión, apilado con heno. “Antes, la seguridad aquí era muy mala, sufríamos a manos de los militares”, dijo, refiriéndose al ejército afgano. “Golpeaban a la gente, le pedían que llevara agua y comida a sus puestos de control”.


La situación ha mejorado con los talibanes en las últimas semanas, dijo, y la gente puede volver al trabajo con seguridad. “Antes, la gente no podía ir a ningún sitio por la noche, corría el riesgo de que le dispararan”, dijo. “Hace mucho tiempo que una bala no impacta nuestras casas”.


Más hacia el oeste del valle, otra bandera talibana estaba ondeando sobre la presa hidroeléctrica más antigua del país. Construida en 1938, sus turbinas solían proveer de electricidad a las regiones aledañas a Wardak, a la provincia de Gazno e incluso a algunas partes de la provincia de Kabul, pero quedó suspendida debido a un mal mantenimiento.


Mientras una mujer nómada conducía a sus ovejas por la presa, unos niños afganos se turnaban para saltar hacia el agua, cosa que les proporcionaba un gran alivio contra ese sol tan abrasador.

Cuesta arriba de la presa se encuentra la casa de la familia Ayoubi, la cual, cuando se intensificó el combate, hace dos años había sido desplazada a otra aldea. A principios de agosto, luego de que terminó la guerra, la familia regresó a una casa rodeada de un frondoso jardín lleno de calabazas que un vigilante había plantado.


Durante un almuerzo con arroz, tomates y maíz, Abdullah Ayoubi, el hijo mayor, me habló sobre las atrocidades que habían ocurrido en el valle. “No hay duda de que los talibanes también son corruptos, pero no se comparan con los militares”, comentó. “No solo tomaban el dinero de los camiones y las camionetas sino que, si veían a alguien con barba larga, decían que era talibán y lo lastimaban”.


Ayoubi mencionó que su hermano Assad estaba en noveno grado cuando los ejércitos afgano y estadounidense llegaron a ese distrito en busca de un comandante talibán que se llamaba igual que él. Entonces aprehendieron a su hermano, explicó, y se lo llevaron a la prisión de Bagram, famosa por el rudo trato que les daban a los prisioneros, donde fue torturado.


“Tardamos cuatro meses en encontrarlo”, comentó Abdullah Ayoubi. “Cuando fuimos a visitarlo a Bagram, me llamó a gritos portando cadenas en las piernas y esposas alrededor de las muñecas”.

Después de 18 meses, Assad fue liberado, pero como estaba tan enojado, se unió a un comandante talibán local llamado Ghulam Ali. Se convirtió en un experto en disparar kalashnikov y granadas propulsadas por cohetes. En su teléfono, Ayoubi tiene una imagen granulada tomada de un video. Muestra a un hombre irreconocible envuelto en fuego, humo y polvo.

“En ese momento, mi hermano le disparó a un tanque con un cohete”, dijo, aunque el vehículo parecía ser un Humvee del ejército afgano.

En 2019, no lejos de la casa de su familia, Assad fue asesinado en una batalla contra los soldados afganos. Combatió durante cinco años. “Lo enterramos cerca de la casa”, comentó Ayoubi

El principal punto de referencia en este valle, que ahora se encuentra en calma, es un hospital fundado en 1989 por Karla Schefter, una mujer alemana. En la actualidad, este hospital está patrocinado por el Comité de Ayuda Médica y Humanitaria en Afganistán, el cual se financia con donativos privados.

Faridullah Rahimi, un médico de ese centro hospitalario, comentó que en sus 22 años de trabajar ahí esta era la primera vez que no había pacientes con heridas vinculadas al conflicto bélico.

“Vienen personas de lugares muy alejados de Chaki para recibir tratamiento”. Explicó Rahimi en el frondoso jardín del hospital. “Solíamos atender civiles, soldados del gobierno y combatientes talibanes, y nunca tuvimos problemas”.

El médico explicó que por el momento el hospital tenía insumos médicos suficientes, pero como la mayoría de los bancos estaban cerrados, no tenía dinero para comprar más ni para pagar los sueldos.

Pero, según Rahimi, el hospital seguiría trabajando lo mejor que pudiera. ”Hemos visto que regímenes van y vienen, pero el hospital seguirá en pie”.

De los 65 empleados del hospital, 14 son mujeres. Los talibanes han dicho que permitirían que las mujeres siguieran trabajando en la sanidad para tratar a pacientes femeninas.

Malalai, de 28 años, una comadrona que trabaja en el hospital y que solo utiliza un nombre, dijo que miembros de los talibanes habían visitado el centro y hablado con ella. “Llevo ocho años trabajando aquí”, dijo. “Para nosotros, no hay ninguna amenaza del Emirato Islámico”.

Cerca de la entrada del hospital, un tanque ruso de una guerra anterior estaba casi completamente sumergido en la arena, un crudo recordatorio de cuánto tiempo ha visto la guerra esta zona.

De vuelta a la casa de los Ayoubi, Abdullah hablaba en voz baja mientras su hijo, de 2 años, dormía la siesta en un rincón, metido debajo de una bufanda. Tal vez forme parte de una generación en Afganistán que crecerá sin conocer la guerra.

“Assad, llamado así por mi hermano”, dijo Ayoubi, señalando al niño. “No tenía que ser así”.

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